Mariana Najmanovich: La muerte y otras miserias. Reflexiones sobre lo poshumano

Por Camila Alegría.

“La muerte y otras miserias” es una exposición que tiene dos partes. La primera se compone exclusivamente de obras que pertenecen a la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes: pinturas, grabados, dibujos y bajo relieves que datan de finales del siglo XIX, realizados por artistas chilenos o extranjeros, y que dan cuenta del duelo, la pérdida, la melancolía y la muerte indigna como el punto cúlmine de una miserabilidad sostenida. Aquella miseria que se condice con cada época.

«La primera parte de la exposición tenía como objetivo, entre otras cosas, generar algún tipo de reflexión íntima, a modo de despedida, para quienes no pudimos despedirnos de nuestros muertos en pandemia», cuenta Gloria Cortés Aliaga, curadora del MNBA, quien lleva algunos años pensando en este proyecto, y cuyas ideas atemporales encontraron ecos en una sociedad golpeada por una pandemia que parece sacada de otro tiempo.

La segunda parte del proyecto, que incluye la bajada reflexiones sobre lo poshumano, tiene que ver con la inclusión de la obra de la artista contemporánea Mariana Najmanovich, que entra a dialogar de forma bastante insospechada e impredecible con la colección permanente del museo. Títulos como “La viuda”, “Guerrero moribundo”, “Los huérfanos” y “Desolación”, cuyas cédulas se mandaron a hacer a la marmolería que trabaja con el Cementerio General, se intercalan con títulos inscritos en metal: “Nuevas sustancias VII”, “Nuevas sustancias VIII”, “Nuevas sustancias IX”.

El trabajo de la artista parece recoger una parte terrible de esa sociedad que comienza a sentar sus bases sobre la ciencia; esa sociedad positivista preocupada por aplazar la muerte (he ahí el vínculo con lo poshumano), o aplazar, al menos, los signos de muerte que se hagan demasiado evidentes. Esto, desde una mirada del siglo XXI en que esos orígenes han desembocado exponencialmente en realidades dignas de una novela de ciencia ficción.

Najmanovich se alimenta de un archivo amplio de imágenes que incluyen experimentos en humanos y rostros desfigurados por la guerra. Estudia acuciosamente las sofisticadas formas que hemos desarrollado para simular cuerpos y pieles sintéticas; superficies apetecibles que buscan esconder no solo las atrocidades de la guerra, sino también las atrocidades de la soledad contemporánea, a propósito de la industria de muñecas plásticas ―tanto femeninas como masculinas― para uso sexual o de compañía.

«Pienso en la envoltura de la piel como frontera protectora. La piel que es capaz de recibir placer o dolor en cualquiera de sus partes, siempre potencialmente expuesta. La piel que somatiza. La piel que revela enfermedad como vehículo o sistema de comunicación entre interior-exterior».

La sala del museo donde se emplaza la exposición tiene, en este momento, aires de postoperatorio improvisado en contexto de guerra o, más cercano aún, en contexto de pandemia. Una especie de relectura de Frankenstein desde la era digital, en la que el espectador es capaz de visualizar un paño que comenzó a tejerse hace más de cien años. Un paño que ha derivado en piel. Revelando una obsesión exasperada por traducir plásticamente esa superficie que nos envuelve y nos separa del entorno; esa capa que, como dice la artista, queda inevitablemente marcada por nuestra relación con el otro.

Parte de la labor museológica que deben realizar los espacios expositivos y culturales tiene que ver con reconocer a su público, y de esta manera ser capaces de entablar relaciones contextuales entre aquello que se exhibe dentro y aquello que se encuentra fuera. Es tarea del museo velar por la pertinencia entre aquellos discursos artísticos y su público más cercano, así como lo es mantener una coherencia con el contexto más amplio que aloja a ese público. Esta labor, indudablemente compleja, debiera revertir la relación ―por muy etimológica― que une a las palabras “museo” y “mausoleo”. Aquella labor debiera convertir al museo en un organismo vivo, un organismo en constante transformación; y, a propósito del trabajo de la artista, pensé en cómo las paredes del museo debiesen funcionar también a modo de piel, siendo capaces de comunicar y somatizar entre su interior-exterior.

No recuerdo la última vez que se me hizo evidente que esta tarea estaba siendo tomada en cuenta y problematizada de forma tan consciente y sensible como en “La muerte y otras miserias”.

Un comentario

  1. […] nueve/ lecturas deliciosas: el libro de la artista Antonia Bañados “Al otro lado del vidrio”; “Representing women”, una antología de ensayos de la icónica Linda Nochlin; y el texto de Camila Alegría sobre la exposición de Mariana Najmanovich en el Museo Bellas Artes. […]

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