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Cecilia Vicuña y la danza de los precarios

«Siempre me preguntan cuál es la relación entre poesía, arte y ritual. Y la relación es compleja, es misteriosa, es inexplicable y a la vez es súper simple. Lo que yo hago en mi poesía es atender, escuchar a las palabras. Y de la misma manera escucho a las basuras» Cecilia Vicuña

“Basuritas” llama Cecilia Vicuña a cada una de las pequeñas (y a veces no tanto) piezas visuales que ha ido construyendo a lo largo de su carrera. El nombre general de su obra ―tanto visual como poética― responde a lo precario. La artista y poeta vincula etimológicamente las palabras precario y plegaria:

«La palabra precario quiere decir aquello que se obtiene por oración».

Allá por el año 1966, una Cecilia de 18 años sintió el poderoso impulso de ordenar las basuras que se encontraban a la orilla de la playa de Concón. Fue una especie de ofrenda para el Sol, para el cielo, para la arena, para el mar, según cuenta en una entrevista que le hizo Nemesio Antúnez para un mítico programa de televisión llamado “Ojo con el arte”.

Es sorprendente constatar con qué lucidez e insistencia la artista estaba, ya para ese entonces, respondiendo a problemáticas que tienen muchísimo que ver con preguntas que se está haciendo hoy el arte contemporáneo.

«¿Cómo no seguir explotando materiales para el trabajo artístico? ¿Cómo el arte puede convivir con la naturaleza, apreciarla, nutrirse de ella y prolongarla creativamente?»

Soledad García Saavedra, curadora e historiadora del arte, instala estas preguntas a propósito de la obra de Catalina Bauer, una artista chilena que, desde una generación más joven, pareciera ponerse en diálogo con algunas de las operaciones de Vicuña. Son preguntas no poco pertinentes. Asimismo, me resulta imposible dejar de pensar en Nicanor Parra y sus eco-poemas, proyecto que ya en los años ochenta se erigía a partir de una conciencia ecológica. No tiene que ver con la conservación de los pajaritos, dice Parra, tiene que ver con la ecología social. E incluso sus artefactos. ¿Hay algo más precario que los artefactos de Parra? Escritos con plumón negro sobre bandejitas de cartón que a su vez simulan ser bandejitas de otro material, uno que sí aguanta un diseño repujado en sus bordes, como el metal.

Es importante entender que muchas de las obras de Cecilia Vicuña existen, pero al borde de la existencia. Están a punto de no ser. Y otra parte de su obra es directamente inmaterial. La artista trabaja con alrededor de veinte diccionarios en distintas lenguas (etimológicos, enciclopédicos, etc.). Estudia la historia del lenguaje, la migración del lenguaje. También la cosmogonía ―es decir, la forma de entender el cosmos― de diversas culturas americanas y de otras partes del mundo. Estudia los cantos y sus orígenes diversos. Y todo este saber lo complementa con una forma intuitiva y orgánica en el hacer. Es difícil separar vida y obra, pues cualquier entrevista a Cecilia Vicuña parece también una performance.

Como dice Nemesio Antúnez en la entrevista mencionada más arriba, Cecilia Vicuña es una artista de otra época. Como esos artistas que nacen muy de vez en cuando y que parecieran tener la capacidad de doblar el tiempo; de reflexionar, por un lado, muy alineadamente con el espíritu de su propia era, pero integrando a la vez formas antiguas, primarias, como si en un solo cuerpo habitaran voces que tienen miles y miles de años.

Cecilia Vicuña no solo organiza, ordena y analiza antropológicamente nuestros residuos ―y entabla ciertas relaciones agudas con la precariedad latinoamericana―, sino que, más objetivamente, entrega un espacio de dignidad a esas basuritas, como insiste en llamarlas. Y me parece de una especial sincronía que aquella palabra, dignidad, pulida por el reciente roce de la arquitectura social, se haya también convertido en una de las principales consignas de este país que se encuentra en vías de escribir un nuevo libreto bajo el cual regirse.

La prestigiosa Tate, en Londres, ha adquirido recientemente una obra icónica de Cecilia Vicuña. Pero más relevantemente dentro de nuestro contexto chileno es, además, una de las candidatas al Premio Nacional de Arte.

Está por verse si nuestro país tiene la sensibilidad suficiente para reconocer el valor de este andar tan poético, tan etéreo y tan incidente. 

-por Camila Alegría

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