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La economía de la ausencia en el arte contemporáneo- algunas reflexiones

Por Fernanda Ramírez

Antes de la llegada del Covid-19, la presencia física en el arte era una de esas cosas que dábamos por sentado. Aunque no nos deteníamos mucho a reflexionar sobre ella, hoy se nos hace bastante evidente que la economía del arte contemporáneo necesita una presencia física, la asistencia en persona de un sujeto, para funcionar. El 2017 trabajé en la feria de arte Ch.ACO, una de las más reconocidas en el país, y allí me di cuenta de que el mercado del arte contemporáneo agencia gran parte de su economía alrededor de la presencia: los invitados High-net-worth llegan en fechas especiales anteriores a la inauguración del evento; se hacen recorridos exclusivos para los curadores importantes; el público general se atropella sobre los stands para alcanzar a ver alguna pieza que le resulte interesante; y los artistas emergentes dejan sus currículums y portafolios en los mesones de los stands de las galerías porque “entre nosotros tenemos que ayudarnos”.

¿Por qué es tan deseado que la persona estuviera presente en el lugar? Por un lado, estaba la idea (quizás conmovedora) de que un “estar” físico podría significar una comunicación auténtica, aparentemente sin mediación, una experiencia “real” de encuentro entre personas. Estar (verdaderamente) presente significa también un diálogo (“verdadero”). Por otro, la presencia física de personas es significativamente más barata que hacer instalaciones costosas de monitores y contratar técnicos y equipo audiovisual y, ciertamente mucho más barata que mover constantemente instalaciones gigantes y obras costosas de un lado a otro para que una gran cantidad de público las pueda admirar. La presencia es una inversión bastante rentable y, por ello, el tiempo de algunos artistas es más costoso. Sin embargo, con el virus y las cuarentenas el mercado del arte se ha visto enfrentado al desafío de resolver cómo seguir rentando sin tener la variable de la presencia física de siempre. Por ejemplo, una de las ventajas de la virtualidad en el arte es que te permite no estar allí a momentos. Si la charla o visita guiada se torna aburrida, puedes simplemente minimizar la ventana y abrir otro tab del navegador mientas tu imagen sigue estando presente en la charla. Me gusta pensar en esta táctica de escapismo como una forma de dejar la imagen de uno mismo como un delegado a quien se le otorga el poder de representar mientras no se está allí del todo.

En contraste con ese escapismo (o quizás debido a él) la demanda por la presencia 24/7 o in-mediata se extremó con la introducción el año pasado de las plataformas virtuales, las que incluso prometían traer la presencia de alguien en un instante, sin que importen las distancias geográficas o los desfases en el tiempo (como muchos lives quedan guardados en la plataforma o son subidos a YouTube). Pero en realidad lo que hacen estas plataformas es mediar la ausencia del sujeto a través de un puerto proxy o un delegado de presencia que, por lo general, suele ser la imagen la persona (artista, público, curador) o algo que lo involucre. Entonces, el grado de presencia que hoy circula en el campo del arte es más una ausencia mediada o administrada por ordenadores, quizás traducible como “hay algo de ausencia en tu presencia”.

Podríamos apuntar a que la administración de ausencia ya existía antes en el arte como una táctica de producción de obra. Recuerdo que en mi tiempo como ayudante en la Escuela de Arte un alumno no llegó a su clase de evaluación de proyecto, y en su lugar dejó un documento enmarcado en el muro que decía ser un permiso otorgado por la Universidad para ausentarse de la clase, según lo permitía el reglamento de la Escuela. El documento venía firmado por las autoridades de la institución, con el logo de la universidad – todo a primera vista absolutamente creíble. Si era real (o no) no es de importancia: lo relevante era el ejercicio de mediar la ausencia propia para sacar provecho de ella, pues el alumno no estaba allí físicamente, pero su obra (el documento montado en el muro) actuaba al mismo tiempo como mediador de su ausencia y sustituto de su presencia.

Imagen de plataforma digital Open Ch.ACO 2020.

Lo que ha cambiado hoy es que el arte se vale de la administración de la ausencia para seguir rentando. Evolucionó de ser una táctica a ser una estrategia. Hoy, la economía del arte hace circular una suerte de ausentismo gestionado usando mecanismos de duplicación o de sustitución similares a los que utilizó este alumno: si el artista no puede estar presente, lo contactaremos por Zoom, reunión que después quedará grabada y cargada a una plataforma streaming (duplicación). Y si el artista tiene alta demanda, podemos hacer circular alguna entrevista, algún texto sobre su trabajo (señuelo), videos o imágenes de sus trabajos (sustitución). A su vez, el supuesto espectador queda atrapado en un juego de tiempo muerto, ya que perfectamente podría no haber un espectador presente. ¿Cuántos de nosotros nos hemos puesto a revisar el feed de Instagram o algún otro documento mientras estamos en medio de una charla zoom o revisando una exposición en línea?

¿Cuál es el problema con que las ausencias se comiencen a intercambiar y circulen como parte de la economía del arte contemporáneo? Que hoy pareciera que podemos tener arte contemporáneo circulando gracias a un sistema mercantilista en su versión más body horror, el cual demanda presencias infinitas y administra las ausencias para seguir generando utilidades. El 2020, durante la primera cuarentena, la feria de arte contemporáneo Ch.ACO se realizó en alianza con la plataforma de venta de arte artsy.com. El evento, que se llamó Open Ch.ACO, funcionaba las 24 horas, los 7 días de la semana. Allí estaba la opción de visualizar la obra de los artistas en venta: haciendo click en el nombre del artista, se abría una ventana que presentaba la triste y solitaria imagen render de una sala de exposición. En el centro de la imagen había una banca, enfrentada a la obra en venta “exhibida” sobre el muro. En aquel evento, la estrategia de mercado se volcó a vender y hacer circular ausencias y sustitutos. Ausentes los espectadores, ausentes los artistas, ausentes las obras y las galerías. Y así es como llegan a nuestras pantallas, frente a nuestros ojos, pequeños quantums de ausencias: con la nueva promesa de una comunicación auténtica, aparentemente sin mediación alguna, promesa de que éstas son las nuevas experiencias “reales” de un encuentro entre personas y acontecimientos.

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