Proyecto Sin Nombre: Amalia Valdés

Última entrevista de este hermoso ciclo de conversaciones, del #proyectosinnombre, que buscó en medio de las cuarentenas generar diálogos abiertos, no jerárquicos, en que mujeres pudieran mostrar y comentar no sólo su obra, sino que también sus preocupaciones, referentes, intereses. Siempre con Paula Valenzuela, esta vez nos encontramos con la artista visual Amalia Valdés. Radicada en Berlín hace algunos años, comentamos sobre la vida allá: el frío de Europa, y ese aprendizaje en torno a las “capas” de ropa para capear el clima. También hablamos del lenguaje, sus regalos y dificultades: el Alemán no es fácil pero ofrece nuevos conceptos e ideas. Un ejemplo es “ElternZeit”, una política pública alemana bajo la cual tanto hombres como mujeres comparten un tiempo de postnatal, según las necesidades y tiempos de cada pareja. Algo que Amalia experimentó directamente, habiendo recibido recientemente a su primera hija, Nina. 

Paula Valenzuela: Ver tu trabajo para mí implica una especie de suspensión mental, lo cual se logra a través de un entramado estético calmo, silencioso y rigurosamente concreto. Una de las primeras preguntas que me surgieron al verlo en más detalle fue ¿qué piensas del azar? ¿qué lugar ocupa el azar en tu trabajo? A primera vista pareciera ser que todo está calculado: se nos presenta algo armado, que se intuye tiene mucha cabeza. Pero quería ver cómo lo tomas tú: el tema del juego, el azar, y lo inesperado.

Amalia Valdés: Tremendo tema. El azar tiene mucha relación con mi trabajo: si bien generalmente empiezo con una estructura, una especie de cuadrícula o grilla o red, no significa que está todo organizado o dibujado de antemano. Mucha gente piensa que está todo decidido y la verdad es que no, no tengo claridad absoluta de lo que va a pasar después. Por eso hago series. Por eso el azar es fundamental en mi trabajo: me es importante dejar espacio para la intuición, y dejar una puerta abierta a que pasen diferentes cosas, a que la idea inicial vaya cambiando. Me parece muy bonito construir desde el sentimiento de cada día, a partir de cómo me conecté con ese trabajo en una mañana particular…Aunque generalmente tengo ciertas reglas, finalmente yo misma las voy rompiendo. El azar también me resulta honesto: no tener claridad sobre qué es lo que va a pasar es parte de mi proceso creativo. Le doy mucha importancia al tema del juego, y a pasarlo bien haciendo. Me gusta disfrutar lo que hago, estar conectada con esa espontaneidad, con la fluidez propia de lo inesperado. Siempre dejo un espacio abierto para que la estructura no se interponga a las posibilidades.

Comienzo a trabajar a partir de ciertas estructuras iniciales. Por ejemplo, en algunas obras en corcho empiezo dibujando diez o quince símbolos, de diez por diez centímetros, que luego voy redibujando en el corcho de manera intuitiva. Sí, realizo un traspaso; pero a medida que empiezo voy decidiendo dónde y cuántos van de cada cual, sin tener necesariamente una idea preestablecida de las combinaciones o las repeticiones que haré. Me parece más divertido, y muchas veces hay una especie de conexión mística en que el mismo dibujo me va guiando. Me lleva a hacer, por ejemplo, una escalera en un espacio específico; o hay veces en que simplemente sé que debo dibujar un símbolo en un determinado lugar, que una pieza tiene que ir en el cuadrado 37. 

Victoria Guzmán: Creo que tu obra tiene un ritmo muy rico, que hace que el ojo vaya saltando y descubriendo. Quería saber cómo es tu metodología hoy, cómo vas recolectando los símbolos, signos, significados e historias, pues cada símbolo que usas es como una caja de Pandora que regala nuevas conexiones, ofrece caminos inesperados a cosas desconocidas.

AV: Exactamente. De hecho, a veces me siento abrumada porque me doy cuenta que en esta vida no podré realizar todo lo que quiero, no podré abarcar todas las cosas que me interesan. Es muy fuerte eso. Porque claro, ves un símbolo que te lleva a una cosa, y luego ese te lleva a otra distinta, y así, aparecen nuevos referentes, nuevos intereses… y uff, no hay tiempo. Es difícil tomarse el tiempo para profundizar toda esta información. 

Por otro lado y quizás de forma sorprendente, desde que nació Nina (mi hija) y con la maternidad en general, me he puesto super creativa. Nunca había estado tan creativa en mi vida. Son miles, miles, miles de ideas que he estado anotando, y como no tengo tiempo para desarrollarlas todas he cambiado mi manera de trabajar, centrándome en trabajos más rápidos, espontáneos, incluso más azarosos. Y en paralelo voy avanzando en otras obras en el taller, en ciertas pinturas que requieren más tiempo porque implican un trabajo más lento. Así, voy trabajando desde una dualidad. Lo mismo con las pinturas que estoy realizando en corcho: siempre tengo algunas láminas de corcho en la casa, y otras en el taller, y así voy avanzando con los dibujos a medida que tengo tiempo, introduciendo nuevos símbolos o coloreando ciertos espacios.

VG: Me gustó mucho la serie Tótems de la cuarentena (2020). Me preguntaba qué representan para ti esos Tótems, considerando que fueron creados en un contexto de maternidad y cuarentenas. Me llama la atención tu descripción de la maternidad como fuerza creativa, porque crecí con testimonios de que ser mamá era un “cacho”: que implicaba forzosamente ser esa mujer abnegada, y dejar la carrera e intereses de lado… Pero hoy ha cambiado totalmente ese relato. De hecho, tengo varias amigas que con la maternidad, como te pasó a ti, han encontrado una conexión creativa muy profunda. 

AV: ¡Es tan potente el tema de la maternidad! Yo de algún modo la había aplazado por lo mismo: pensaba que no iba a poder seguir con mi carrera. Pero al final, una se hace esos espacios. Tengo el ejemplo de mi mamá, que si bien tuvo cinco hijos, siempre fue super artista. Aunque no siguió una carrera tradicional, sí realizó un camino autodidacta, con un taller en casa donde se hacía el tiempo para trabajar. Eran otros tiempos, y tenía ayuda, pero creo que por lo mismo siempre me incentivó mucho a que hiciera, a que siguiera mis impulsos creativos, y no me detuviera nunca – siempre me felicitaba, me incentivaba. Incluso a ratos me hubiera gustado que fuera un poco más crítica, porque para ella todo lo que yo hacía era hermoso. Una relación madre-hija muy bonita y con el arte siempre de por medio. 

Entonces cuando este año me convertí en mamá pasó algo especial; yo pensé que no podría hacer nada, y finalmente de lo más bien que lo he logrado. La serie de dibujos Tótems de la cuarentena (2020) fue una forma inicial de reconectar con el “hacer” después del nacimiento, y también tiene algo mágico porque comenzó de manera inesperada. Empecé a dibujar en unos blocks de papel milimetrado que tenía, de manera muy intuitiva – haciendo líneas después del embarazo, juntando rombos y polígonos, diferentes formas que iban apareciendo a partir de esas líneas azarosas. Y emergieron estas imágenes, misteriosas, medio totémicas. Siempre creadas desde la simetría, pero al mismo tiempo, cada una profundamente única, nueva y sorprendente. Entonces me entusiasmé, y en los espacios de tiempo en que la Nina dormía, o en días en que estaba abrumada y necesitaba volver a acumular energía, me quedaba dibujando, tirando líneas y armando figuras para reconectar. Luego quise continuar desarrollando el tema y los trabajé con lápiz a palo y escripto, familiarizándome con ese primer material con que todos pintamos cuando éramos chicos. Es algo que he disfrutado mucho, y bueno, son figuras que están ahí creciendo, una serie de seres que me han acompañado mucho este tiempo. La abstracción abre espacios a la imaginación. Para mí tienen una personalidad un tanto mística. Para algunas personas parecen mandalas, otros han reconocido características humanas, porque aparecen brazos, ojos… se han transformado en amigos.

VG: Unas criaturas robóticas.

AV: Sí, algunos son antiguos, otros del futuro, están ahí meditando, otros en posición de ataque. Cada dibujo da pie a algo nuevo. Un ángulo diferente, que se une con una línea hacia abajo, o hacia arriba… y lo he disfrutado mucho.

Tótems de la cuarentena (2020). 20 dibujos sobre papel milimetrado, 30×42 cm.

VG: Tienen una estructura un tanto viral. Pienso en el virus como unidad mínima, en el sentido de estar justo en la frontera de lo orgánico y lo inorgánico – hasta el día de hoy se discute si son “vida” o no. La forma en que se reproducen y se activan tiene esa cualidad robótica y misteriosa al mismo tiempo.

AV: Efectivamente. Para mi también tienen que ver con los fractales, que son cercanos a las matemáticas y la geometría: objetos geométricos con una estructura básica, la cual se va repitiendo y repitiendo a diferentes escalas, creciendo hasta volverse infinita. Lo podríamos identificar en la naturaleza, por ejemplo, en una hoja de helecho que tiene una forma o patrón de crecimiento que se va repitiendo y es siempre igual, desde la hoja más vieja a la más nueva. Se van ampliando sus patrones a partir de una estructura muy simple pero que es siempre la misma. Y que comienza a crecer, a crecer y a crecer. 

PV: Tomando esto que están desarrollando, quería citar una frase tuya que leí en tus escritos sobre Lisboa, Amalia: “es una experiencia de largo alcance que emprende una búsqueda mística”. Por otro lado, en el manifiesto de obra que escribes este 2020 dices que “los materiales son la traducción operativa de una idea”. Pienso en el crecimiento, lo viral, como algo naturalmente repetitivo, que funciona sólo, sin instrucciones o esfuerzos conscientes… y me lleva a la relación entre materialidad, repetición, y mística. Hay algo en tus ejercicios que es muy mántrico. ¿Cómo te relacionas con la repetición? ¿Cómo es esa experiencia, y cómo se va viviendo en cada trabajo?

AV: Se produce una experiencia muy particular con la repetición, con ese acto de repetir, de rehacer y rehacer y rehacer. Se convierte en un acto ritual donde entro en una especie de trance, en un estado meditativo. Me gusta la idea del rito como un acto simbólico: muchas veces cuando estoy trabajando voy cantando algunos mantras. Y aunque en todo momento estoy lúcida – no es que me vaya a otra galaxia ni nada por el estilo- ese acto de repetición en algún momento me transporta a otro estado, contemplativo, más quieto, íntimo. Así logro desconectarme del día a día, de los pendientes, o incluso del tiempo mismo. Vuelvo a mi lugar pensándolo como mi espacio y mi tiempo. 

Por ejemplo, actualmente estoy desarrollando una serie de trabajos modulares que se articulan a través de pequeños cuadros o pinturas en corcho, un material que adoro porque es muy flexible y liviano, en todo sentido de la palabra. Es esa serie estoy recreando Guñelves, la estrella mapuche, usando distintos colores. Y a través de la repetición de ese símbolo, y de triángulos que van armando esa figura, voy a recrear una Wiphala, la bandera de los pueblos originarios. Es una bandera con una progresión de colores, por lo que a medida que van pasando las semanas voy armando una secuencia de color: siete blancos, siete amarillos, siete naranjos, siete rojos… Y lo que ha ocurrido es que a medida que voy pintando cada uno se ha ido creando en mí una estructura mental, una conexión especial con ese color, que sin darme cuenta ha empezado a desplazarse a la ropa que uso, o lo que me llevo para almorzar ese día. Algo bien loco, quizás, pero finalmente con un sentido, mediante un acto especial que me hace acercarme a mi propio rito para trabajar. El triángulo aquí es mi guía, como casi siempre me ocurre, y el acto de repetir cada triángulo con su carga mística también me lleva a esta forma de trabajo que relaciono con lo sagrado. Mi espacio y ritmo de trabajo -un triángulo rojo, otro triángulo rojo, otro triángulo rojo, cada uno con diferentes tonos de rojo, y luego más y más y más… ¡Realmente llega un momento en que se me pasó el día! ¡Y tengo que correr! Si no fuera por que tengo que ir a dar papa, no sé hasta cuándo seguiría con la repetición, no sé qué podría pasar. Me imagino, Paula, que también te pasa cuando estás pintando, conectada con tu trabajo, porque también tienes cercanía con esa cosa un tanto abstracta, en que una se guía por el color, por la intuición…

Trabajo en proceso. Módulos de 46×46 cm, pintura acrílica y acuarela sobre lámina de corcho.

PV: Es un diálogo. A mi la pintura, como dices, me muestra el camino, y una tiene que ser lo suficientemente intuitiva y asertiva para seguir esas señales. Yo no sabía lo que significaba la palabra “Chacana”, “escalera u objeto a modo de puente” en Quechua. Me sorprendió: sabía que apuntaba a esa conexión cielo-tierra, pero no sabía que significaba, literalmente, escalera.

AV: Me gusta eso del diálogo y las sorpresas. Dejarse llevar. De repente estoy pintando triángulos de naranjo pálido y no se porqué pero tengo clarísimo donde tiene que ir el otro. Y así el otro, el otro, el otro… eso me va metiendo en un ritmo y un proceso creativo que tiene algo mágico. Y que me hace estar presente, intensamente, en ese momento, y ser como un puente entre la pintura y el fondo, o la figura y el fondo o el símbolo.

En relación a la Chacana, le tengo mucho cariño y admiración. Fue de las primeras imágenes o símbolos que se me cruzó, y al entender su significado. Eso fue por ahí por el 2012, y a partir de esa imagen empecé a buscar e investigar nuevos símbolos, queriendo entender de qué se trataba esta escalera, de comprender el porqué del símbolo. Para mí es muy importante esa búsqueda por conectar con algo superior, con preguntas sobre de dónde venimos, con una búsqueda más metafísica. Especialmente en estos tiempos que estamos viviendo, pienso que es más necesario que nunca conectarse con lo divino – no pensando en la iglesia o en una religión en particular, sino más bien en la espiritualidad y que a cada quien le haga sentido desde su lugar. Como sociedad estamos desconectados, y es fundamental volver a comprender que estamos todos relacionados, no solo los seres humanos sino que también con todas las cosas, con la naturaleza, con el paisaje. Somos individuos pero antes de eso un colectivo, y eso para mi es fundamental, especialmente cuando piensas que de alguna forma el arte tiene la misión de conectar. Si bien una hace un trabajo personal y muchas veces solitario en el taller, luego se quiere compartir ese trabajo,  se quiere mostrar y que se expanda para producir algo. Que esa obra, de algún modo, genere reacciones en la comunidad. Acercando a las personas a sensaciones gratas o armónicas, o quizás dolorosas o incómodas, pero que generen y reflejen algo en el otro. Personalmente, me resulta muy inspirador saber que a alguien lo conmovió mi trabajo. 

VG: Efectivamente, tu trabajo nos obliga a enfrentar la desconexión en que vivimos. Me interesan mucho temas como los afectos, lo pequeño, lo sencillo, temas que fueron despreciados y mirados en menos por mucho tiempo. Quizás tuvo que ver con una reacción a esa cultura un tanto light del “New age” que aislaba e individualizaba. Y hoy, en ejemplos como el de tu trabajo, vuelven a emerger y ser valorados porque son desarrollados con la necesaria profundidad y respeto, y con la una humildad que es clave, también. Creo que tu trabajo es un acto de ir buscando y encontrando los escalones de esa escalera para avanzar, desde la sencillez y lo humilde. Con posterioridad al estallido social muchos buscamos respuestas en lo explícitamente político, donde narrativas desde la forma y el color pueden parecer absortas, aisladas. Pero la verdad es que en estos momentos detenerse a aprender algo, sobre la Chacana, por ejemplo, o la cruz andina, son instancias de re-conectar con algo más grande que uno, con lo colectivo. Son creaciones que exigen detenerse, que exigen una mirada y posición distintas, y que pueden ser experiencias potencialmente muy transformadoras.

AV: Si, ¡para avanzar! Creo que esa es la idea. Me gusta pensar que en el arte hay cabida para todo. Para mi, toda expresión creativa es válida, como lo es también la artesanía porque es un trabajo precioso y cuidadoso y que también ha sido menospreciado. Me parece que al final del día todo lo creativo debe ser valorado y revalorado. Además, todo arte tiene una carga política de alguna u otra manera, porque ya pararse a mostrar y expresar algo -de la forma en que sea- tiene un ingrediente político. Si alguien es más explícito en la forma, eso ya es otra cosa. Y también es válido que haya quienes no lo tienen tan claro. Lo importante es hacer, avanzar. Creo que también es importante ser más compasivos con lo que cada quien tiene ganas de hacer, decir o mostrar. Hay que integrar una cuota de compasión y apertura a las manifestaciones distintas. Pienso que eso es parte del mensaje que necesita regalar el arte: crear algo que nos haga pensar en un sentido, detenernos, aprender cosas nuevas, en por qué esa persona hizo eso, qué nos quiso decir, denunciar o enseñar.  Pensar desde un sentir común. Quizás esas ideas tienen relación con lo que dices del estallido social, porque insisto, somos un colectivo y lo olvidamos, a veces estamos demasiado ensimismados en nosotros mismos y nos olvidamos de reconocer al otro también. Y claro, la sociedad en la que vivimos nos quiere llevar por un camino solitario, cada vez más. 

VG: ¿Cómo es tu metodología de investigación? ¿Hasta qué punto sales a buscar los signos que ocupas? ¿Cómo ha ido evolucionando desde la universidad, esta búsqueda por nuevos lenguajes?

AV: Ha evolucionado muchísimo. Viéndolo hoy con más distancia, creo que la universidad como institución no me acomodó mucho. Esas tareas tan rigurosas, tener que pintar el bodegón, tener que traer el paisaje que ves desde tu ventana, dibujar la figura humana clase tras clase…la verdad es que eran cosas que me aburrían un poco y yo buscaba más libertad. El último año de la carrera hice un intercambio en México y uff, me abrió la cabeza. Porque llegué a México y el encargo era otro: mucho más libre, de hacer lo que quieras. Al principio quedé paralizada. Y luego me metí en todo lo que pude: pintura, grabado, batik, dibujo, ballet, distintas técnicas. Aprendí nuevos procesos y habilidades, y fue algo que me gustó mucho, creo que necesitamos poder probar distintas formas de expresión, tener varias herramientas para poder elegir. Mientras más lenguajes sean, mejor. Siempre me interesó el poder curiosear distintas técnicas, mientras que en la universidad tenía que elegir una especialidad: o pintura, o escultura o grabado. No podías hacerlo todo, y eso fue algo que realmente no me gustó. 

Mi metodología hoy tiene que ver con trabajar con un material determinado, e ir buscando las distintas posibilidades que ese material tiene. Por ejemplo, aunque mi especialidad en la Universidad fue pintura, después de egresar busqué cómo vincularme y seguir explorando la escultura. Me acerque a una tía ceramista con quien trabajé durante unos seis o siete años, y pude sacarle el jugo a ese material, nutrirme de su técnica, exprimir el material, hacer miles de pruebas, experimentar. En un principio probé con formas bastante orgánicas; luego, ya más metida con la geometría, quise llevar el material a formas más duras, exigirle posibilidades nuevas. En ese sentido, creo que en mi metodología voy buscando diferentes formas para poder hacer desde diferentes lugares. Lo mismo que en la pintura y los colores: pintando triángulos que forman otras figuras, una y otra vez. En general no le meto mucha textura o pasta a mis trabajos, porque lo que me interesa tiene que ver más con la interacción de los colores, cómo estos se comportan con otros, o como el material mismo reacciona. Así, busco diferentes soportes para pintar: pintar a través del papel, pintar con líneas, con acuarela, con diferentes capas de un mismo tono, mezclando acuarela con acrílico, con lápices a colores, pastel graso, sobre corcho, sobre acero, cobre…en fin, todo para entender cómo reacciona el material, qué le ocurre. Esas son mis búsquedas. 

Y con las imágenes que utilizo, voy dejando que un símbolo me lleve a otro. Como les decía antes, a partir de la Chacana empecé a averiguar sobre la simbología en torno a la cruz, y comenzaron a aparecer muchísimas nuevas imágenes – algunas que me interesan y otras que no. Cuando se me aparece una que me llama la atención, investigo sobre ese imaginario y así van apareciendo nuevos íconos y caminos. Otro ejemplo es el triángulo, que siempre me ha parecido muy interesante por su estructura y por el significado que tiene en relación a lo divino. Me gusta construir a partir de él y entender a través del triángulo puedo construir nuevas formas geométricas, polígonos, hexágonos, etc. El año pasado, en un viaje a Estocolmo, aparecieron imágenes que me alucinaron, esta vez relacionadas con la masonería. Las descubrí en la arquitectura del lugar, y eso gatilló una búsqueda nueva. Es así que voy investigando, entrelazando íconos, navegando de un lado a otro. Me interesa ese picoteo de culturas: los masones, los celtas, los egipcios. Y especialmente lo precolombino y la conexión con nuestras raíces latinoamericanas. La cruz andina, la Chacana, el Guñelve, los símbolos mapuches, y las conexiones entre ellos. 

En ese sentido, siempre me ha gustado mucho el tema de las alfombras: me interesan las imágenes y símbolos que contienen. Es bonito, porque generalmente miramos de manera horizontal, pero no así lo que está bajo nuestros pies o lo que está arriba. Vuelvo a la idea de crear puentes, que permitan ver lo que hay arriba y también lo que está abajo, para llevarlo al centro – tal como los motivos que están bajo nuestros pies y que solemos pasar por alto. Estudiar las alfombras es también entender que en muchas culturas estas son hechas por mujeres, mujeres trabajando en comunidad. Ahí hay algo bien lindo, que si bien no es explícito en mi trabajo, lo voy recolectando e integrando como influencias amorosas. 

PV: Me interesa esa exploración sobre lugares y referencias. ¿Cómo fue en ese sentido irte a Europa, teniendo todo ese trasfondo americano? Vi que estuviste en Lisboa y alucinaste con sus ornamentos y detalles, haciendo frottage en el suelo… me imagino que en cada lugar tomas ciertas cosas. ¿Cómo fue la llegada a Alemania? ¿Qué ha significado en tu trabajo esta etapa? ¿Ha potenciado el tema americano, o más bien se enfrió un poco?

AV: ¡Si! El 2018 estuve en Lisboa en la residencia Hangar y fue un acierto, porque la ciudad es un lugar sumamente inspirador, llena de ornamentos y detalles. Tiene una historia relacionada a la manufactura, a las tradiciones, las baldosas, y todo eso para mi fue muy motivante. El suelo estaba lleno de dibujos por todos lados, y por eso quise realizar esa serie de frottages que comentas. Claro que luego de unos cuantos días veía que los dibujos no se plasmaban, quedaban en mi cabeza pero no en el papel. Solo aparecían dibujos abstractos, y uno que otro rastro de algo, aunque de todos modos fue interesante como ejercicio. 

Elegimos venirnos a Alemania porque había estado en Berlín y me había encantado. Y en esa época apareció en una feria de arte en Toronto un galerista alemán que se interesó por mi trabajo, y que luego de algunas conversaciones me invitó a exponer a su galería, en Colonia. Y comenzó a aparecer mucho Berlín en mi vida: una amiga me regaló un maquillaje hecho en Berlín, o leía un texto y era de un alemán… y empezó a hacerse presente Alemania, de forma muy clara. Entonces siguiendo la intuición pensamos ¿porqué no? Llevábamos un tiempo un poco incómodos con Chile. Todo lo que estamos viviendo hoy en día, en relación al estallido social, para mi no es algo que pasó y que nadie vio venir. Creo que se sentía, y que de cierta forma lo intuimos con mi marido. Al mismo tiempo, estábamos muy cómodos en un sentido más obvio, nos iba bien, todo andaba bien, y esa tranquilidad también me incomodaba. Se fueron sumando factores, postulamos a una residencia en Berlín, que fue financiada con un Fondart. Y así se fue dando todo para que el comienzo fuera más fácil. La idea inicial fue dejar las puertas abiertas, y luego de seis meses, de experimentar la ciudad, decidimos quedarnos: nos sentimos súper cómodos. Además todo fue fluyendo: empezaron a salir proyectos, y pasó algo que tiene que ver con lo que decías tú, que mi trabajo y la conexión con símbolos e imágenes latinoamericanas se fue potenciando cada vez más. Estando acá me empoderé mucho más de este tipo de imágenes y me sentí muy cómoda de poder decir “de aquí vengo yo”, y esto es lo que quiero mostrarle al mundo.

Águila o Sol (2014). Políptico papel sobre tela. 200x200cm y 200x280cm

Creo que entender y potenciar que una es distinta es clave, que una viene con ideas nuevas, con un pensamiento diferente que puede aportar a otra cultura. En Alemania se valora eso, se te reconoce, quieren aprender de ti, y eso para mi es fundamental. Recuerdo que cuando llegué me junté a conversar con este galerista, y él me hablaba de mis referentes. Para él mi obra tenía una clara relación con el Grupo Cero, un grupo de artistas alemanes que marcó una época bien interesante durante los 60… ¡Pero yo no tenía idea quienes eran! Mis referentes venían por otros lados: venían de Latinoamérica, personajes como Jesús Rafael Soto, Cruz Diez, la Matilde Pérez. Y claro, son artistas que aquí la gente no conoce. Entonces entrar a dialogar, y mostrar a este “primer mundo” lo que existe acá es muy importante. Mostrar que no todo es Europa y que hay otros lugares, en otros lados, con artistas de excelente nivel también.

VG: Hay un librito del filósofo Byung-Chul Han llamado “La desaparición de los rituales” donde se refiere a eso, y a cómo poder tener diálogos interculturales sin homogeneizar. La decolonialidad es una de mis líneas de investigación y está muy relacionada con eso: evitar esa cosa neoliberal, globalista, en que todo termina significando lo mismo en pos de facilitar el intercambio de bienes, servicios y dineros. Se pregunta cómo posibilitar diálogos y encuentros entre culturas distintas pero sin caer en la homogeneización o en el localismo reaccionario de “lo distinto, para afuera”. Y bueno, él habla de la hospitalidad, y como te decía, he estado muy interesada en esos temas, en políticas de los afectos, de lo pequeño. Lo opuesto a lo grandioso, lo jerarquizado, lo monumental.

AV: Es bien interesante eso que dices, porque yo siempre me sentí super confrontada, incluso desde joven, con esa idea de que una no podía tener sentimientos relacionados con su obra. Que una no podía “sentir” en relación a lo que está haciendo, con su propia obra. ¡Cuando la vida es puro sentimiento! Una por supuesto que siente al hacer algo. ¡Cómo no va a ser así cuando nos conectamos con procesos creativos! Lo contrario implica una desconexión total, lo cual me parece rarísimo: no conectarse con los afectos, con el sentir, con la empatía hacia el otro. No hay que quedarse con una sola verdad o una sola visión de las cosas, porque hay miles, y eso es lo bonito de la vida, hay que valorar los afectos y así los distintos caminos que cada quien elige. Por eso me gusta tanto Berlín, porque aquí hay espacio para todos. 

También me hace mucho sentido lo que dice Han, que de hecho vive en Berlín. He leído varios de sus ensayos y claro, este último es super profundo. Lo he estado leyendo estos días y habla de que el arte de cierta forma ha perdido su encanto, porque ha sustituido su origen mágico por uno profano. Creo que tiene algo de verdad, porque hoy hay una desconexión generalizada de los afectos, no se puede “sentir tanto”, lo cual es un poco superficial. Es obvio que todos sentimos. Por eso creo debemos conectar con los sentimientos, con los rituales y las ceremonias, sobre todo en comunidad. Como dice Han: lo que predomina hoy es una comunidad sin comunicación y eso es una lástima. Debemos trabajar para revertirlo.

VG: ¿Cómo ves tú ese diálogo que creas entre culturas tan distintas, en el tiempo, en el espacio? En que cada cual, con sus particularidades, quizás apunta a un mensaje común… En tu obra no se borran los significados, sino que hay un cruce, se crea una web significante muy potente y cargada.

AV: Para mí todos esos signos finalmente se conectan con una armonía universal. Con la necesidad de mirar hacia arriba, de conectarse con el otro. La Chacana, por ejemplo, aparece en la cultura americana precolombina, pero también en diferentes lugares de Asia. Lo mismo ocurre con otros símbolos: si bien pertenecen a culturas específicas, de cierta forma están en el inconsciente colectivo. Quizás no conocemos sus significados profundos, pero los hemos visto, y en más de una parte. Y si uno investiga, todos tienen un interés parecido: acercarse a una armonía total, conectarse con el universo, conectarse con lo superior, con las raíces, con preguntas difíciles. Preguntas para las cuales no tenemos respuestas: de dónde somos, a qué vinimos… son grandes temas, y para mi no preguntarse sobre ellos es súper extraño. El ser humano tiene una mente inquieta, necesita preguntarse cosas, preguntarse por la magia. Por el respirar. Por la magia de que nazca una guagua, que camine. Cosas simples, como dices tú, pero tan profundas también.

VG: ¡Y el lenguaje! La magia de poder comunicarse.

AV: ¡Exacto! Victoria, la Nina no tiene ni 10 meses ¡y me entiende todo! Tuve hace unos días una reunión por Zoom, de 10 a 11:30 de la noche. Ella generalmente se despierta a las 11 a tomar papa, o incluso antes. Y le dije “Nina, esta reunión es importante, porfa duerme un poquito más”. Me van a creer loca, pero me llega a emocionar: tuvimos la reunión, terminó, pudimos conversar con mi marido sobre nuestras impresiones … me puse pijama, me metí a la cama, y se despertó. ¡Y eso fue a las 12:30! Yo le decía ¡Nina, eres una tierna! Fue bacán, y eso es pura comunicación. Es como cuando tienes una planta: si la riegas con amor va a crecer preciosa. Si no, va a ser una planta fea. Hay una comunicación desde el sentimiento. Me recuerda el experimento de un japonés que hace unos años hizo un estudio con las moléculas del agua, experimentando con cargas positivas y negativas. A un vaso de agua le hablaba de forma amorosa, con cariño, con palabras de amor y afecto; y paralelamente, a otro vaso de agua, le transmitía mensajes desagradables, negativos, de odio y mala onda. Y luego congelaba el agua de cada vaso, para estudiar su composición química. Las imágenes fractales de cada vaso son verdaderamente alucinantes: la estructura del amor es demasiado poderosa, un florecimiento de formas hermosas, armónicas y constructivas, mientras que la otra es fea, no genera nada, no hay vida ahí.

PV: Me interesa mucho este tema de la conexión; no me parece obvio ni doy por hecho el estar conectados. El poder entender lo que te pasa con la pintura, o a la Victoria al escribir un texto. Lo asocio a que somos todos parte de un mismo tejido. El neoliberalismo nos atonta, nos desgasta, para producir y consumir. “El lamento de las imágenes”, el documental de Alfredo Jaar, arranca con la frase “yo hago arte porque no entiendo el mundo, y quiero entenderlo”. Para mi tu trabajo, Amalia, es infinito. Al parecer estamos hechos para preguntarnos, para descubrir. Y el arte entrega respuestas a esta infinitud de preguntas.

AV: Sí. Me interesa recalcar sobre todo eso de la conexión que genera el arte: el diálogo, la reflexión, el pensamiento en conjunto. Las grandes preguntas. Ahí nos encontramos con el otro y se hace comunidad, nos preguntamos y escuchamos, ¡compartimos! Entonces pienso en un efecto muy triste de esta pandemia que es que nos tiene encerrados, se pierde ese poder de compartir con el otro, de escucharnos, movernos, bailar, la música, la sensualidad… todo eso se ha visto coartado. En ese sentido, este virus es muy oscuro, anti-natural. No es natural estar tan disociados. Es perverso, pues no nos deja comunicarnos como nos gustaría, desde nuestra libertad como seres humanos. Comunicarnos, tocarnos, sentirnos como un todo.

Para mí es fundamental intentar responder a las grandes preguntas, pero entendiendo que no tenemos todo claro. Como dice Alfredo, muchas veces es necesario perderse para encontrarse, entendiendo que no tenemos claridad de nada de lo que va a pasar, o de lo que estamos haciendo…pero igualmente lo hacemos. Ese perderse es necesario para aprender. Para respondernos. Avanzamos porque nos nace, lo disfrutamos, o lo necesitamos, es parte de una energía vital. Cada cual va armando su camino desde su búsqueda, sus intereses, sus “uniqueses”. Somos seres irrepetibles de entre miles y millones, con nuestras propias singularidades. Hay que puro creerse el cuento no más. 

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