“La cosa extendida” de Cristóbal Cea en Galería NAC

Todo dura siempre un poco más de lo que debería” – Julio Cortázar

“We cannot have a meaningful revolution without humor” – bell hooks

Cada vez que voy a una exposición de arte termino preguntándome sobre qué es eso que llamamos arte. Dicen que la mayoría de las veces basta la intención para elevar un objeto, un movimiento, un material o un gesto al estatus de “arte” (lo que sea que sea eso). Aunque como decía uno de mis alumnos: el punto no es tanto si es arte o no, como lo es la pregunta ¿es buen arte? He ahí la cuestión ¿no?

Pero bueno, en realidad… ¿podemos usar palabras como “bueno” o “malo” para describir una obra de arte? ¿“bueno” para quién? ¿“bueno” para qué? ¿importa el cuándo? ¿importa el cómo? No pretendo en este blog ni en estas breves líneas desentrañar el misterio de esa cualidad (“arte”) ni de qué términos son los más acertados para referirnos a ella – ya sea para elevarla o degradarla. Como siempre, solo puedo hablar desde mi posición: con mis limitaciones, fortalezas, subjetividad, e historia personales, y las ideas y reacciones que una obra suscita en mí. En el caso de Cea, y su exposición, el resumen sería: pucha que dejan pensando. “Tiran la mosca pá arriba” como diría una querida amiga, refiriéndose a esas conversaciones o encuentros que inspiran, que te hacen hablar de filosofía, del último libro que leíste, y de la letra de una canción que se te había olvidado. Que invitan a escarbar y hurguetear, desenpolvando tanto trivialidades como grandes preguntas. Que hacen reír y ponerse serios.

Dejar pensando. No es fácil. Sobre todo este año, sobre todo a estas alturas de este año, un año que nos ha apaleado y que nos tiene agotados. En el que no queremos pensar más, sino que más bien escondernos debajo de frazadas a dormir un par de semanas. Pero eso fue lo que me ocurrió: una avalancha de ideas, que auque aún no logro procesar bien (para eso se necesita tiempo) intentaré explicar lo mejor posible.

Cea es conocido tanto por su humor como por su uso de los llamados “nuevos medios” (aunque esta vez retoma la pintura y el dibujo). Se hizo especialmente conocido después de ganar el premio Mavi Arte Joven el año 2016 y ha participado en la Bienal de Artes Mediales, entre otras exposiciones individuales y colectivas. En “La cosa extendida” usa elementos surrealistas y estrategias del humor para referirse a las presiones distópicas a las que nos vemos sometidos hoy; a la mecanización y serialización del trabajo; y a la subordinación del ocio a la máquina y la producción. Todo ello, bajo la sombra del Covid, de lo viral, de enfermedades respiratorias, ventiladores, pulmones y cuarentenas.

Un pulmón a otro pulmón (2020)

Como bien señaló Fernanda Ramírez de Salvajearte.cl las obras (no sólo en este caso sino que en general) no tienen ni principio ni final. No emergen, lisas y perfectas, de la mente o mano de cada artista. Más bien son paridas: lanzadas (¿violentamente? ¿con qué soñarán y qué sentirán las obras de arte cuando nacen?) al mundo, y se van modificando con el flujo del tiempo y por su paso por el espacio. Se nutren de su contexto, de la mirada de quienes las contemplan, de la escritura de quienes intentan fijar sus significados, de la historia de sus dueños, y del devenir de su propio recorrido.

El ejemplo que escogí -el parto- es visceral. Eso no es gratuito. Un parto es al mismo tiempo mágico y sucio, sublime y pegajoso. De forma similar, las obras de Cea son viscerales. No sólo en un nivel literal – con sus órganos, válvulas, e intestinos repartidos por las paredes de la galería. Tampoco en una dimensión metafórica – pensando en el cableado como sistema neuronal o sanguíneo, en el ojo de la cámara, o en las pantallas como rostros. Son viscerales en cuanto se siente que a través de ellas Cea estuviera exorcizando ideas difíciles, exhalando obsesiones que superan, descargando reflexiones demasiado pesadas para ser digeridas de una sola vez. Un regurgitar artístico. Porque esta exposición no es algo terminado. Es una etapa más de un proceso, en el que Cea pareciera detenerse a masticar ciertas ideas, a ver cómo calzan las piezas del puzzle, a decidir por qué camino continuar.

Masticar: una palabra que sugiere tiempo, nutrición, esfuerzo. Y que implica un cuerpo. Efectivamente, el concepto de cuerpo – como el de vísceras – palpita por toda la sala que contiene “La cosa extendida”. Pero el cuerpo que emerge en Galería NAC es un cuerpo mediado por máquinas, tecnologías e instituciones. Un cuerpo sujeto a ellas. Algunos ejemplos: El cuerpo de un padre hospitalizado con Covid, en el que son las máquinas las que mantienen los órganos funcionando (como en La Fundación (Papá) ). Los cuerpos de amigos encerrados debido a las cuarentenas y que solo pueden ser “visitados” por drones, que luego son capturados en dibujos en blanco y negro que desfilan por una pared de la sala. O cuerpos, como el de Bolívar (Simón Gil de Castro (2020) ), que son creados y derribados en un universo estrictamente digital. Y cuerpos disciplinados por cámaras, escuchas, y grabaciones, como los que pululan por la galería misma.

No en vano el título de la exposición se refiere a las categorías que instauró Descartes con su “cogito ergo sum” (soy, luego existo). Sus palabras resonaron mucho más allá de la filosofía, instaurando un binarismo entre “la cosa que piensa” y la “cosa extendida”. La primera se refiere al pensamiento abstracto, exacto, universal. Lo segundo, al cuerpo, lo sensible, lo cambiante. En el primero podíamos confiar; el segundo, nos engaña. Son ideas en las que se han basado los últimos 200 años de ciencia occidental. De Ciencia con “C” mayúscula, con pretensiones de veracidad, de sentido, de unicidad. Ciencia exacta, cuantificable, medible. Ciencia como herramienta, como progreso, como eficiencia.

Ecos de ese binarismo cuerpo/espírituo, pensamiento/sensación, sujeto/objeto es en el estudio realizado por Cea de la obra La fundación de Santiago (1888) de Pedro Lira, obra clásica chilena que retrata a Pedro de Valdivia fundando la capital país. En ella, el español señala con su mano hacia la tierra, mientras que un indígena hace el gesto contrario, elevando su mano hacia el cielo; similar a los gestos de Platón y Aristóteles en la obra de Rafael La escuela de Atenas (1512) donde uno gesticula hacia el mundo ideal de los conceptos, y el otro a la realidad cognoscible de la tierra. Ese gesto es plasmado por Cea en la obra Aquí y allá (2020) un díptico donde cada cuadro exhibe a una de las manos. Estas flotan en el espacio apuntando hacia cielo y tierra respectivamente – aquí y allá.

La exposición me recordó las ideas del filósofo italiano Ivan Illich y su replanteamiento de la relación entre los humanos y sus herramientas. Para Illich cada herramienta e institución tienen una “escala natural” que implica el funcionamiento óptimo de ésta. Si esa escala es superada no sólo se frustra el fin de la herramienta o institución, sino que rápidamente la institución o herramienta se convierte en una amenaza para la sociedad misma. La escala – que varía caso a caso – se constituye como un umbral, que una vez sobrepasado transforma la institución de una herramienta útil en una creación destructiva al imponer la lógica de la máquina al ser humano. Al forzarnos más allá de esa escala natural comenzamos a trabajar para la máquina, no al reves. Suena conocido, ¿no? Como cuando la academia serializa. Cuando las pensiones funcionan para las AFP (y no al revés). Cuando dormimos para trabajar.

La Fundación (Papá) (2020)

En La Fundación (Papá) (2020) los órganos flotan sobre un paisaje. Ojo, no es cualquier paisaje; si se fijan bien, verán que es el mismo valle y montañas de la obra de Lira en que Pedro de Valdivia funda la capital. El intestino grueso, muy cerca de la boca, acusa un ciclo de consumo incesante y banal. Los órganos flotando sin cuerpo, produciendo, produciendo, produciendo. El input entra; el output sale. ¿para qué? ¿vivimos acaso solo para consumir? En conversación con Cea este se refierió a la experiencia de trabajar en pandemia, donde le tocó convertirse en un órgano sin cuerpo más, y que obliga a preguntarse ¿para qué, o quién, funciona una institución? ¿funcionamos para ella, o ella para nosotros? ¿en qué momento las instituciones nos dejan de servir; en qué momento superaron el umbral de esa escala natural? ¿tiene sentido un cuerpo que funciona pero que no es capaz de sentir gozo? ¿tiene sentido un cuerpo que no produce? Para Simone Weil en la actualidad las cosas no están hechas a escala de mentes y cuerpos humanos; y cuando la disparidad entre modelo y realidad se hace demasiado aguda y nos obliga elegir entre el modelo y la realidad, elegimos mantener el modelo y adaptar la realidad a éste. Lo que está bien se subordina a lo que está bien para la institución.

Algo similar ocurre con la obra Corazón (2020), donde somos testigos de un corazón digital que late, persistente, atrapado en su no-lugar, en su matrix propia. Aritificial y frío. Incansable. Privado del ardor de la sangre, del descanso al final del día. ¿De qué sirve un corazón así? Para todo, dirían algunos. Para nada, dirían otros. Respuestas con consecuencias profundas respecto de la sociedad misma. ¿Servimos, o se sirven de nosotros? La palabra burocracia late -sorda, pero presente- por toda la sala. Esa burocracia de sistemas kafkianos, que se retroalimentan y auto-actualizan . Cuyas necesidades se perpetuan hacia el infinito, para justificar la existencia misma de cada institución. Y a pesar de que sabemos en lo profundo de nosotros mismos que debieramos poder determinar nuestras necesidades en vez de que estas fueran decididas o manufacturadas por otros, las instituciones industriales lo hacen casi imposible: nos convierten en meros consumidores, distraídos, desconectados, banales.

Otra clave para leer las obras tiene que ver con la figura del padre. Nuevamente, múltiples lecturas en múltiples niveles. El padre hospitalizado. El padre-máquina. Las instituciones como padre, como cabeza, como estructura. El énfasis en visitas “acompañadas” versus las clásicas visitas “guiadas” (más allá de si la visita es, finalmente, guiada o no). Se mastican consideraciones sobre qué monumentalizar y qué minimizar, como en Simón Gil de Castro (2020). Lanzar a Bolívar de su caballo es una forma de… bueno, de bajarlo del caballo, como decimos en Chile. No es un acto de injuria (escupos, basureos o destrozos). Peor aún: es una humillación casual, de esas que vivimos en el cotidiano de los días. Un Bolívar que pestañea, con el rostro molesto de quien no entiende que se le pasó el tren. Es un “matar el padre”, pero mucho más allá de la simple clave psicológica. Es una reflexión sobre nuestro linaje, nuestra herencia, nuestra sangre, nuestro ADN. Es dar una paso atrás y ver las estructuras heredadas. Una nariz parecida. Un gesto similar. Es mirar esas raíces más que cercenarlas. Es hundirse con ellas y tocar esa oscuridad. Y el movimiento contrario: estirarse al cielo, probar hasta donde se puede llegar. Tiene que ver con el cuerpo y la ciudad propios, con nuestras capacidades y límites. Con qué símbolos nos hacen sentido, y cuales ya expiraron.

Árbol familiar I (2020).

Un último dato antes de cerrar. La cámara no es mera decoración: gracias a ésta, los sonidos e imágenes de lo que pasa en la galería son transmitidos en vivo tanto por la pantalla en medio de la sala como por un canal de streaming en Youtube. A su vez, la pantalla ofrece una imagen divida: a mano derecha, la galería misma, con el sobresalto de verse una misma. A mano izquierda, una galería paralela, intervenida digitalmente, y donde las cosas se caen, se queman, se deshacen. A primera vista, distópica. A segunda, una puerta por la que escapar. Dejar de funcionar. Abrazar el caos. Que entre la naturaleza. Súmele que se vuelve un nuevo comentario sobre binarismos (izquierda o derecha; caos o normalidad) y mediaciones tecnológicas. Súmele que en la pantalla aparecen mensajes que puede enviar el mismo Cea a los visitantes, levantando cuestiones sobre las posibilidades de comunicación, digitalidad, y lugar. Y así podríamos seguir…

“Imagination is when you close your eyes and think of a door” dijo Dave Hickey. Esta exposición es una invitación a abrir puertas, que permite fascinantes entradas, rodeos y salidas. Ya les decía: tira la mosca para arriba, entreteje significados con les visitantes. No sé que es el arte; pero sí sé que cuando una muestra te hace pensar así, y dan ganas de masticarla también por horas, algo bueno está ocurriendo ahí. En este caso – para ser literal- muy buen arte, y muy buen mastique. Creo que no es coincidencia que visitar la exposición sea también una invitación a “perder el tiempo”, a detenerse. A pensar en nuestros ritmos, no los de la máquina. Recuerdo esa frase que como toda expresión popular (ya sea refrán o meme) encierra gran sabiduría: “que no te coma la máquina”. Me cuentan.

Dónde: Galería NAC, Américo Vespucio Norte 2878, Vitacura; y en el streaming en vivo de la exposición.

Cuando: 21 de octubre a 25 de noviembre 2020, me atrevería a decir que hay que consultar hora y día por las cuentas de Instagram de artista o galería.

Cuánto: Gratis, yuju.

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